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    January 28

    SONETOS DE MADERA (PABLO NERUDA)

    Pablo Neruda pasa por ser un genial poeta. Pero en su vida lírica hay muy otra genialidad que poco se ha señalado. Ha sido el poeta capaz de escribir un libro y titularlo Cien sonetos de amor, así como se lee, sin que allí haya ningún soneto. Y ha conseguido que el personal elogie sus sonetos, y hable de los sonetos de Neruda, sin que Neruda escribiera, realmente, ningún soneto en aquel libro. Guardan el parecido a la vista, nada más, con la disposición en dos estrofas de cuatro versos y dos de tres, pero ni las dos primeras son cuartetos o serventesios, ni las dos segundas son tercetos –encadenados o no. Es decir, ni la rima ni la métrica por la que se llama a tal composición soneto, con todas sus letras.

     

    Y aún el logro del poeta es mayor, porque él mismo lo declara en la dedicatoria a Matilde, que encabeza el librito:

     

    Señora mía muy amada, gran padecimiento tuve al escribirte estos mal llamados sonetos y harto me dolieron y costaron (...) Al proponérmelo bien sabía que al costado de cada uno, por afición electiva y elegancia, los poetas de todo tiempo dispusieron rimas que sonaron como platería, cristal o cañonazo. Yo, con mucha humildad hice estos sonetos de madera (...) edifiqué pequeñas casas de catorce tablas

     

    Neruda quiso hacer pasar por sonetos lo que en modo alguno lo eran, sino “pequeñas casas de catorce tablas”, con toda la intención del mundo por contrariar a toda tradición literaria sumisa al soneto académico. Y aunque él diga que son “mal llamados sonetos”, todavía los incautos proclaman que gustan de los sonetos de Neruda. Acaso, podrían decir los “sonetos de madera” o las “casas de catorce tablas”... No, dicen sonetos porque sus ojos ven catorce versos dispuestos sobre el papel, al modo estrófico dicho. Mientras la humildad del chileno le lleva a reconocerlo desde el comienzo, que pueda ser, más bien, reconocimiento rebelde contra la tradición más conservadora, mucho lector pasa sobre el detalle abultado –nada más y nada menos que cien detalles. Es querer llamar árbol a la mesa de madera de pino. Lo cual no desmerece en nada a la mesa de pino, esto es, a las composiciones del libro, a las que añade ese arrebato de querer regalar al amor algo único, algo jamás escrito: sonetos muy particulares, “madederías”, que dice el poeta, de “sonido opac[o] y pura substancia”.

     

    En este sentido, Pablo Neruda, y sólo él o Matilde, tienen buenas razones para hablar de soneto donde no lo hay. El resto, que ni los escribimos ni somos los destinatarios, sino lectores ocasionales que damos con el libro en una estantería o en una biblioteca, tenemos que hacer la distinción pertinente y no caer, literal y literariamente, en esta rebeldía amorosa y poética. Tal y como disculpamos la excentricidad “jotera” del autor de Platero, y no jubilamos a la pobre “g”, al caso no perdemos de vista lo que por definición es la estructura fija del soneto. Estas libertades son conquistas del poeta, y nadie que no haya recorrido la aventura lírica puede apropiárselas de golpe y porrazo. Así, como decía, toda “j” en lugar de “g”, es falta ortográfica, menos en Juan Ramón Jiménez; ignorar el uso del punto –menos el punto final- y la separación de párrafos en un escrito, es asunto de Cela, nada más; y llamar soneto a lo que no lo es, es cosa de Neruda.

     

    El resto seguiremos poniendo “g” al general, usaremos puntos y separaremos párrafos y llamaremos soneto a dos cuartetos o serventesios y dos tercetos, encadenados o no. Porque sólo el que conoce la norma y la definición puede saltársela con licencia... el que se la salta por desconocimiento, puro imitador de lo que ve, tampoco sabe que su ignorancia no le ampara, y pierde, con mucho, la fuerza que desprende aquel conocedor de la norma que quebranta. Al fin y al cabo, uno no puede romper con una tradición que le es absolutamente extraña, o de la que si quiera tiene noticia de su existencia.

     

    Hec
    January 23

    CUARENTENA REAL

    Hasta que punto no estará llegando el periodismo de nuestro país, cuando sobre el papel y la imagen se convierte en noticia que Felipe de Borbón ha llegado a la cuarentena –entiéndase que a los cuarenta años, no que esté aislado por riesgo de la salud pública. Si por lo menos tuviera el heredero algo que ver con ello, si al menos pudiera ser visto como algo meritorio, una decisión personal, una acción desinteresada y voluntariosa, un bien hecho con intención para la humanidad, se entendería que se le dedique un hueco en los rotativos y telediarios –o si fuera que le hubiera ocurrido algo grave. El caso es que los años pasan sin nuestro consentimiento, el tiempo corre para todo ser vivo, desde reyes y príncipes hasta sapos y culebras, comadrejas y perros, sin que nadie les consulte, sin esfuerzo por ninguna parte. No existe más intención y voluntad que el spinociano perseverar en el ser como tendencia natural.

     

    Si el hecho de que aparezca como noticia el natalicio es rellenar el diario o los minutos, con la que está cayendo por todos lados –ya se sabe, hay elecciones, más los sucesos del día a día-, es increíble que aún quede un huequillo vacío por algún rincón, ¡y en la portada! ¡y el primero de los titulares! Luego, nuestra prensa se queja del oscurantismo y sobreprotección de la Corona y su familia, mientras no pierden tiempo en darles cancha, adulaciones y promoción, en el caso, del heredero. Se les da una grabación desde la Casa Real con distintos momentos del príncipe y es con lo que abren el noticiario, a pesar de la Bolsa, la ilegalización de ANV –resulta que de unos meses acá estos se han hecho amiguísimos de los terroristas, y antes no-, las elecciones aquí o en Estados Unidos, un motín en una prisión de Valencia, los espectaculares trompazos ayer por las carreteras hacia Toledo... para esto quedaban unos diez minutos, y entre Felipe y los deportes, despachan la actualidad.

     

    Los que no somos tontos, espero que la mayoría de la población –aunque pueda ser mucho esperar, prefiero el optimismo-, sabemos que Felipe de Borbón necesita estas gotitas de exaltación frente al juancarlismo y frente a las burlas y chanzas que sobre la imagen del heredero corren por el país. Hay que sacar una imagen de trabajador –que algo hace, vamos-, hombre de familia, responsable, humilde y honesto... y no digo que no sea así, que lo será. La cuestión está en el “hay que sacar”, en el existir obligación de lavar la imagen cada cierto tiempo, dar un baño de multitudes, sacar brillo, contrarrestando el mundo del chiste y la broma sobre la monarquía. Sin embargo, la ingeniosidad española en el chascarrillo y sobre las monarquías tienen más años de tradición que el propio Felipe. No hay más que ver que en la Historia, estudiamos y recordamos los reyes por el apodo burlón o respetuoso en lugar de por el nombre y número: hermoso, la loca, hechizado, el animoso, el deseado y felón, el tuerto, el cruel, el doliente... Claro que, si uno vive en España y pisa la calle, oye referir a Felipe con “zángano” y todo el campo semántico que se relaciona con la holgazanería, y, evidentemente, a nadie le gustaría tal sobrenombre. La condena a la revista El jueves, se sospecha, fue más por el bocadillo en que se decía “esto es lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida” que a la explícita escena sexual representada, la cual sirvió de excusa para la denuncia y sentencia.

     

    En España, aunque legalmente siga siendo así, callejeramente ya no sirve el derecho a sucesión por cuestión de sangre azul y primogenitura. Aquí hay que ganarse las habichuelas y, además, demostrar que uno se las gana. Mas cuando a rey se aspira, ganárselas no sé, pero sí dar una buena razón para que se las regalemos. Demasiada boda, demasiado niño, demasiado esquí y barco de vela nos han enseñado. La prensa daba hoy la de arena, convenciendo -o tratando de convencer- con las razones de Felipe el currante y el padre de familia. Ahora bien, confiemos en que no sean razones como las de Juan Carlos, las que terminen por hacerse valer, volviendo a tener todo el país el corazón en un puño y las piernas temblando.

     

    Hec
    January 20

    COMEDIAS DE SALON

    En las secciones de cultura, voy y me entero de que existe un teatro a domicilio, el Teatro en el Living. Tú llamas y te montan la obra en casa, pensada para un mínimo de diez personas con vestuario y todo. Seguro que una vez dicho esto, cualquier lector estará pensando que no puede ser para cualquier domicilio, porque en el suyo no cabrían, o porque, directamente, no tiene casa. ¡Pero si yo no tengo living! Acaso una habitación que llamo salón porque es la más grande, porque quiero hacerme la ilusión de que existe tal cosa en mi hogar. ¡Y meter un mínimo de 10 personas! Más dos actores y el director ¿Qué domicilio es éste?

     

    Luego, también pensará el lector que a domicilio él pide unas pizzas o que le acerquen la compra, pero no precisamente pediría que vinieran tres a representarle Hamlet o La vida es sueño –en realidad las obras no se eligen. Si ya uno suele quejarse en la sala de teatro que el escenario quedaba corto para la obra, ¡imagínense una representación en apenas 10 metros cuadrados! Esto sería un teatro más leído que representado, y soy más de la opinión que el teatro leído es mejor que se haga personal e íntimamente. Si no, para esto del drama –porque puede llegar a ser dramático, desde luego- en el living, hay que agenciarse un amigo con un pisito grande para disfrutar del servicio, o alquilarlo para una noche quizás, porque todo lo demás sonaría a ofensa literaria o a cuestión personal: <<Mire usted, es que su piso es demasiado pequeño y no podemos hacerle la obrita>>.

     

    En realidad, el tema descorre el telón de grandes tragedias: que no se lee y tienen que leernos, que cada vez se hace más por salir menos de casa, que el asunto de la vivienda no marcha bien, y que ya son muchas las bobadas que caen bajo rúbrica de la cultura. Y ahora venimos a dar con un sucedáneo para mansiones, a módico precio, de aquella La Barraca lorquiana. Antes de hacer la obra de teatro, hay que hacer una obra algo más profana, de albañilería, y realizar el milagro de robarle metros al espacio o una verdadera logística y cábala para ver dónde se meten los muebles. Porque, hombre, yo quiero que lo representen y no sólo que me lo declamen o reciten; que el libro, probablemente, me salga más barato –si es que lo hay.

     

    Las opciones que le veo son la peligrosa adaptación, un repertorio de obras ya preparadas para espacios pequeños –cuando no sean mansiones- o monólogos, que es lo que está de moda; acaso que se escriban obras en las que ya se haya pensado el hueco con que se cuenta. Por la primera, se condiciona todo un texto y sus elementos al espacio, y sólo por él se tendrán que llevar acabo añadidos y amputaciones; por la segunda, se reduce en mucho la oferta de obras. Por ejemplo, ahora mismo tienen en “cartel” tres piezas breves de Chejov, dos de un acto – El Oso y La pedida de mano- y un monólogo –Sobre el daño que hace el tabaco, aprovechando el filón de una moda escénica. La tercera sería la que más aplaudiría yo, porque se tiende a pensar que el teatro es lo escrito, olvidando que está concebido para su representación y en qué condiciones se ha de dar ésta. Recuerdo yo, por ejemplo, una lástima de Cascanueces en el escaso escenario del Gran Vía, y con música grabada, porque no hay foso para orquesta. Las bailarinas tenían medidos los pasos para no chocar unas contra otras o no salirse por el patio de butacas, y daba la sensación de que el Reino de la Nieve era un lugar estrecho de apretujados tutús. Si se escribiesen obras pensadas para el salón, resultaría, evidentemente, más original y adecuada, y podría traer formas dramáticas completamente novedosas para el acervo literario.

     

    De todas formas, yo sigo pensando que Chejov pasearía poco por mi salón –el titular del diario habla de Cuando Chejov se pasea por tu salón- y que prefiero leer el teatro.

     

    Hec

    January 13

    DON PAULINO Y ANGEL GONZALEZ

    Vamos a tener letra en el Himno Nacional. Y sólo eso, letra tras letra, para una música creada tiempo atrás. Porque no puede esta letra arrancarse a la misma emoción que moviera al pentagrama de ayer; porque uno y otro, no tienen nada que ver. No es culpa de Don Paulino Cubero, que inocentemente presentó su texto como tantos otros hicieran, desde su buen hacer y en los años en que vive. Salir elegido tampoco ha sido cosa suya, más allá de escribir y presentarse. La elección no le correspondía sino sólo optar a ella. Sin embargo, este hombre, que habiendo sido seleccionado por su letra se le conoce más por ser “parado” de Ciudad Real –¡échenle al asunto de los medios!-, ha recibido críticas de todo tipo: que si ñoño, aséptico, mala calidad literaria... Y muy pocos se han fijado en lo que no es responsabilidad de Don Paulino, pero es fundamental: esa cuestión irremediable del tiempo entre música y letra.

     

    Y aún hay otra: que la cuestión nos llega de un Comité Deportivo, por mucho musicólogo e historiador que hayan cogido para el jurado. Parece que, más que símbolo de la Nación, los asuntos deportivos del país se sentían inferiores por no cantar algo en las competiciones, y que sólo para esto importa, aún cuando los políticos –previsores de la campaña-, se hayan apuntado a la comedia del Himno que se ha organizado. Aquel jurado, además, ¿qué podía elegir? Desconocemos el casting –y lo pongo en inglés por la sorna que hay con estos eventos- y al resto de participantes y letras, pero sabemos que los criterios eran claros: nada que vaya a ofender a vaya usted a saber quién. Incluso con la letra de Don Paulino, se considera comprometido el verso que dice “ama a la Patria” o que inicie con el “¡Viva España!” de Pemán. Pero, en lugar de preguntarnos qué se podía elegir, deberíamos preguntarnos qué se podía escribir –más allá de cualquier calidad poética o musical-, porque esto de tener en cuenta palabras que se han cargado políticamente, o a los independentistas –que ya han declarado que pasan del tema tan olímpicamente como lo es el Comité que lo ha montado-, o que si la izquierda y derecha... ¡Por Dios, qué los himnos no se pueden escribir así! En un clima tan tiquismiquis con la historia pasada y la muy pasada, en que hasta hay que tener cuidado con las preposiciones que se usan, entre tanto prejuicio, tópico y complejo, ni se puede escribir ni se puede, aún menos, seleccionar una letra para el Himno. Lo más que se llega es al ridículo y la vacuidad, que en su ser, reflejan tras de sí la fragilidad en que nos movemos hoy día.

     

    A Don Paulino le gusta escribir, y bien que hace. Guste o no, mal o bien, vaya a ser Premio de Poesía o no, no es él el núcleo de la pantomima. ¡Con lo mal que van las cosas y lo bien que venía el “chunda-tachunda”! La peculiaridad del pueblo español, cuya letra del himno ha sido, durante años, pura onomatopeya, vienen a devorarla con esta estupidez. ¡Con el cariño que le tenemos a lo onomatopéyico! Ni manos en el corazón, ni firmes como soldados, sino dejándonos la garganta en tararear la melodía y aporrear un tambor. No sé si une al pueblo, pero desahoga un rato y nos lo pasamos pipa ante la estupefacción del resto del planeta.

     

    Mientras tanto, la España viva va perdiendo poetas. ¿Será capricho que salga a la luz un Himno tan maltrecho al tiempo que muere Ángel González? Y eso que no soy especialmente devoto de tal generación, o grupo, en cuanto a lo poético. Pero siempre he encontrado una gran verdad en éste, cuando en versos confiaba en que “otro tiempo vendrá distinto a este”, a pesar de que “te llaman porvenir/porque no vienes nunca”. Quizás, algún día alguien traiga aquello que todos esperan que venga por sí sólo; quizás entonces pueda componerse una letra acorde al sentir español, sin tanta morralla política que aplaste el alma de nuestra tierra.

    Hec

    January 04

    LAS LIBERTADES DE LA IZQUIERDA

    Fueron 2.500 euros por niño nacido y otras tantas monedillas para Seguro Dental Infantil; luego, el eurillo al día para el carne de conducir; después los 200 euros para los alquilados y ahora 6.000 para el alquilador -¿para qué se harán presupuestos?. Pero luego, ¡coja usted el coche!, que entre multas, amenazas, aparcamiento, seguros e impuestos...; ¡alquile usted!, que los arrendatarios ya han subido los 200 euros al alquiler y dejan la ayuda sin efecto. Por citar ejemplos. Y la verdad es que me revuelve un poco esta situación pre-electoral y psocialista, recién cruzadas las puertas de una crisis –esa que el personal nota en el bolsillo pero que el gobierno dice que no nos va a tocar-, de andar administrado el dinero del ciudadano y diciéndole en qué ha de gastárselo, en lugar de buscar la manera de que quede en las carteras y el de a pie decida dónde lo quiere quemar. ¿Por qué regalar dinero y no invertirlo en la rueda económica del consumo? ¡Hombre! Políticamente, luce más la caridad del que saca el fajo y reparte entre la masa, que aquel otro que busca la manera de reactivar la economía buscando el menor daño posible a la sociedad. ¡De siempre ha lucido más el mero gesto mediático que el invisible trabajo de cuadrar las cuentas! Lo primero recibe más aplausos y sonrisas, más votos inconscientes, si cabe, egoístas acaso, que lo segundo, más aburrido y menos perceptible porque intenta que las cosas queden como están antes de que vayan a mejor... por si empeorasen.

     

    Para las mentes más simples, que ven en el consumo, el comercio y el empleo, que ven en el liberalismo puro capitalismo bestial, prefieren el gesto: gustan más de darle el dinero en impuestos a Papá y que él me devuelva lo que considere diciendo dónde ha de ir. ¡Cómo la paga de los domingos, vamos! Y si no te llega, es que has desobedecido, pero más no te doy. Una concepción que se pasa por el arco del triunfo el reconocimiento del ciudadano como agente racional y libre, que, digo yo, le supone también capaz de administrarse solito. Una concepción incapaz de buscar el equilibrio entre sueldos y precios, por aproximado que sea –que ya sé yo que la perfección es atributo no humano- y que prefiere gestionar el bolsillo y la cuenta corriente, incluso la bolsa de la compra de la gente. Así empieza el 2008, no ya sólo por la subida pertinente de todos los años, sino por la impertinente, insufrible e imparable subida de todo en 2007 –menos, ¡cómo no!, el salario. Los muy agoreros ya nos ubican, de nuevo, con el de los Bonsáis, en 1995.

     

    Pero es que este Gobierno, que muy mal debe verse para las siguientes elecciones, ha decidido vaciar las arcas –como con González-, y a los antiguos derroches de Rodríguez Zapatero usando de lo público para los conciertos de Sonsoles y Barenboim, añadimos ahora toda esa chufla de publicidad consejera de buenos hábitos –puritanismo- que no es sino excusa del autobombo donde resuene eso de “Gobierno de España” que todo el mundo identifica con psocialistas, pues son los que se lo han inventado en lugar de dejar el letrerito del Ministerio de turno. Si ganan la votación, perfecto; y si la pierden, ya tienen la crisis y el gasto social imposible con las arcas vacías, para tirárselo a la cabeza a quien entre.

     

    En España vamos a tener que aprender, de una vez por todas, que no son verdad los tópicos con que se identifica a la izquierda, empezando por esa palabreja romántica de libertad. Porque aquí cada vez respiramos menos con el cinturón más apretado, cada vez menos cuenta el ciudadano al que se le restringen sus pequeños vicios en un puritanismo inusitado –y luego arremeten contra la Iglesia, que tiene lo suyo también-, y cada vez la población recibe más agresiones en forma de canon o se le intenta recortar su acceso a tecnologías e información, y cada vez inventan nuevas formas de convertirnos en carne de presidio por cualesquiera razón. La libertad de estas izquierdas en que la educación se ha convertido en un problema más que serio, y traen al mundo generaciones más incultas y analfabetas que las anteriores. Las izquierdas que van repartiendo justicia por el pasado y quedan ciegas con las injusticias actuales, confundiendo ideología, idealismo y doctrina en un caldo de cultivo que en la galería se aplaude, pero que en la realidad se rechaza.

     

    No muy lejos, en el horizonte de los meses, vienen nuevas elecciones sin que la ley electoral se haya cambiado un mínimo, a pesar de lo mucho que se ha cacareado. Una legislatura más nos tocarán los chantajes nacionalistas y mirar hacia la mar, pensando que será de nosotros en los siguientes cuatro años. ¿PSOE? ¡No! ¿Populares? ¡Tampoco! Nos queda votar a Savater y su Amador ético y político, la única opción ahora mismo seria –no me hablen de Llamazares, satélite del PSOE-, o esa alternativa de los Verdes... la que cuando no se tiene a quien votar, se dice, aunque no se vote. A lo mejor tiene que presentarse Juan Carlos I y hacer así verdad aquello de la monarquía parlamentaria. Parecerá mentira, pero no es el Parlamento el que aguanta el país, yendo de capa caída como está desde hace años... es la Monarquía, precisamente la que menos cuenta en el Gobierno de España.

     

    Hec