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February 27 RAZONES FILOSÓFICAS PARA RECICLAR EL VOTOYa me ha llegado, junto a recibos y facturas, el correo electoral. Esos sobrecitos, garabateados con las siglas y simbolitos del partido de turno, mensaje epistolar y papeletas de listas cerradas de aquellos que pretenden dirigir nuestros destinos. Y sé de su contenido por otros años, ya que en éste no los he abierto. La ilusión de votar por primeras veces me llevó abrirlos con gran apasionamiento. Una ilusión que me vino a durar la única cita en que me acerqué a un colegio electoral. Como ya conozco el contenido, ¿a qué romper el lustroso continente por el enclenque interior? Lo que no sabía era qué hacer con aquello, donde depositarlo, cualquier lugar que no fuera urna de elecciones –bien valdría la urna funeraria, la que guarda cenizas de lo muerto y quemado. Y por fin le he sacado provecho a toda esta moda de concienciación, de hurgar con tópicos, demagogias, moralinas, la conciencia del personal, ese querer ser jueces éticos del vecino y no nuestro. A la bolsa para el papel que tengo en casa, van todos mis votos. Y es curioso el efecto: así voto a todos sin que cuente, y va mi voto a donde debe. No es la basura, ni tampoco es el Parlamento, inútil en ambos casos, sino un término medio más provechoso y ecológico. Con sumo gusto ya he ejercido mi derecho al voto, a decidir, como agente racional libre, qué hacer con las papeletas, dónde depositarlas. Así, públicamente, ya que los aspirantes dicen venir a buscar mi voto, les digo yo el lugar en que se encuentra, por si quieren pasarse y recogerlo tal y como me fue remitido: cerradito y con mi nombre. Porque la costumbre ha llevado a partir y quebrar el papel reciclado antes de echarlo al cubo, no vaya a ser que el curioso de turno descubra algún secreto. Pero al caso, cae a la bolsa y al cubo tal cual vino al mundo. E incluso hice la parafernalia de nombrarme en alto y sentenciar con solemnidad el “Fulano de tal, vota”; esa solemnidad que corresponde a otro ciudadano que ejerce, con muy pocas ganas la mayoría de las veces, de presidente de mesa. La solemnidad que nos debería encender el ánimo como si participáramos en algo grande, suficientemente serio, una gesta histórica.
¡Y pensar que tanto se ha luchado! Es lo que me dicen siempre. La de muertos que por un sufragio libre han caído en la historia. Yo respondo que no me duele el sufragio universal, sino, como en el sobre, el contenido del mismo. Que los primeros que faltan a la memoria de esos muertos, los primeros bíblicos pobrecillos que no saben lo que hacen, no son los votantes o no votantes, sino los votados o no votados. Son estas sombras apagadas las que arrebatan el valor del papel al mancharlo con su nombre, y a su nombre al mancharlo con su estupidez. Pues ni la democracia, ni las elecciones, tienen valor por sí mismas, según el aristotélico “en cuanto tal”, sino en la conformidad con la ley y el deber, con el formal imperativo categórico kantiano: actúa según la máxima que puedas querer sea universalizable. Si no hay posibilidad de universalizar, ni ley ni deber, tan siquiera máxima alguna que se conforme a los últimos, no le encuentro yo valor moral a mi acción de votar, más allá de ser un acto gratuito. Si los aspirantes son tan platónicos como para convencernos de que es de justicia que ellos nos gobiernen y nosotros obedezcamos, porque sólo ellos saben prudentemente el camino a la felicidad, tan vanidosos de enseñorearse como sabios y virtuosos de nuestras vidas, no encuentro, tan siquiera, razones filosóficas para mal utilizar el papel. Prefiero reciclarlo, aunque dé la razón a los concienciadores que, dándoles igual el país, van a salvar el planeta. Por una vez, coincido con ellos: reciclando votos salvamos el país y quizás el planeta. ¿Para qué usar mediadores elegidos democráticamente, cuando podemos hacerlo nosotros mismos? ¡Y el gustazo que se da uno!
Hec February 16 ¿HEMOS DEJADO DE CREER EN LOS REYES?De pequeños creemos a ciegas en los Reyes Magos y en todas las maravillas que traen, hacen, prometen... ¡leñe! Si vienen desde Oriente hasta mi casa y eso ya vale para dejarnos boquiabiertos. Uno escribe la carta y pone sus deseos, la echa al correo y el seis de enero, excepto casos de exageradas peticiones, suelen cumplirse, envueltos en un precioso papel de regalo. Les ponemos galletas, leche y anís, confiamos en que vengan y no les ponemos en duda interrumpiendo su labor, acostados y simulando que dormimos, o durmiendo si lo conseguimos. No solían fallarnos. Sabíamos que estaban ahí, que la carta les llegaba, que la leían y comprendían, y que, incluso, acatarían, al menos, unos cuantas de nuestras exigencias. ¡Por Dios! Si hasta el carbón se convertía en leyenda urbana. Y acaso si uno se encontraba con el mineral, le daba una chupada porque de seguro que era dulce.
¿Qué ocurre cuando llegamos a adultos? Muchos pensarán que dejamos de creer. Sin embargo, qué son las pre-campañas y campañas electorales, sino una especie de interminable noche de reyes, de cinco de enero, en que todo regalo parece poder hacerse realidad; en que, de pronto, unos señores venidos de muy lejos, vienen a nuestra casa, se codean con nosotros por nuestra calles, y les da igual lo malos que hayamos sido. Hacen sus cabalgatas, sus desfiles, nos dan su sonrisa socarrona. De golpe resulta que el mundo puede cambiar, que entre todos se puede vivir mejor. Todos nuestros deseos durante cuatro años han sido escuchados y la vivienda, la seguridad, la educación, la economía, la ayuda social... todo lo que pedíamos en nuestras mentes, es posible que lo encontremos, de la noche a la mañana, si echamos un sobrecito, como una carta, dentro de una urna, como si fuera el buzón donde nos recibe cariñosamente un Paje Real. ¡Nos sentarían en sus rodillas si quisiéramos! Sólo hay que echar la carta. Y la carta, vamos, y la echamos. ¿Hemos dejado de creer en los Reyes?
Esto se repite cada cuatro años. Lo curioso es que los deseos no varían un ápice. Esto es fe y tesón, esto sí que es fe ciega. Al menos, cada seis de enero, los regalos tienden a ser distintos por año. En las elecciones, las peticiones, las promesas, los regalos, son los mismos siempre cada cuatro años. Incluso los Reyes son los mismos, al menos, durante ocho –se ve que algo de vergüenza hay la tercera vez. Y no puede venir un adulto a desengañarnos, porque los adultos son los que creen. Al despistado que viene con el reproche, se le despacha con el “si no votas, no opinas”, pareciendo que es lo máximo que cabe esperar del voto, el opinar. Vamos, como el “si no mandas la carta, no vendrán los Reyes”, no tendrás derecho a esperar sus regalos. ¡A esperar! Porque en cada elección, lo que uno se gana es eso del esperar. ¡Y que cansada espera! ¡Y que nunca llega lo esperado! Esa tierra prometida, ese Paraíso tras el Diluvio Universal acontecido antes.
Como entenderá el personal, yo hace tiempo que no escribo a los Reyes Magos ni echo sobres confiados en buzones de plástico transparente. No es mi voto el que me da derecho a opinar, sino mi mosqueo por estar harto de esperar. Ahora le doy la vuelta, y si los Reyes quieren mi carta, quiero yo primero los regalos. ¡Qué demuestren que merecen mi voto! Mientras tanto, no creeré. Acaso sea una rebeldía tonta, un acceso adolescente en otra edad. Probablemente igual que el primer año en que un niño no le escribe la carta a los Reyes.
Hec February 02 PROMESAS DE YENKAEs curioso. Llevo algo más de doscientos artículos ocupando, prácticamente, esta legislatura psocialista y no recuerdo haber aplaudido con entusiasmo. –Le falta vocación-, me dirán con seguridad. –Es cuestión de predisposición-, reprocharán. Sin embargo, creo sinceramente para confiar en un gobierno no hacen falta ni vocación ni predisposición. Acaso es terrible que un ciudadano juzgue su lugar político por cualquiera de los dos criterios. Yo, lo que hago –y lo digo por si sirve de consejo a cualquier lector- es prestar orejas a estas fechas que llaman pre-campaña –o campaña a secas, ¿para qué tal dislocación del lenguaje?- y escuchar, por ejemplo, del gobernante y aspirante a perseverar en su serlo, las promesas de futuro que podían muy bien haber cumplido en el ayer. O verles cumplir escrupulosa, pero rápido y atropelladamente, la ley, para limpiar unas manchas que no salen ni con cinco lavadas. También hay que mirar bien qué dice el de la oposición y ver que, algunas de sus promesas, caen en lo criticado al gobierno. Así me entero de cómo ha ido la última legislatura, justo en los días a previos a que empiece la siguiente. Incluso, puedo aventurar cómo será ésta. Se entiende, entonces, que ni es por falta de vocación ni por predisposición.
Que Rodríguez Zapatero nos devolverá 400€, si gana. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Por qué no toda la renta, so rácano? No quiero ni pensar que se pongan a mirar quién y quién no le votó para hacer válido el cheque. Que ahora sí, ANV y PCTV no son mitad buenos y mitad malos. A lo mejor es que de unos meses para acá, la parte que no fue ilegalizada, se ha dedicado a hacer nuevos amigos en HB y ETA, tomando chiquitos en las Herriko Tabernas. No sólo en la Audiencia Nacional, sino también en el Tribunal Supremo. Ahora son malos completos y no sólo a medias. Que se amenaza con romper los pactos con la Santa Sede, a ver si es posible movilizar a la chavalería –y a lo que, aparentemente, no es chavalería-, de nuevo, con el anticlericalismo y anticatolicismo más clásico. Que subo las pensiones, pero se les olvida comentar que lo justo para pasar cierto límite y que la retención sea mayor que antes. Total, que se sale perdiendo incluso.
Mariano Rajoy, por su lado, después de haber crucificado por activa y por pasiva todas estas leyes y fiebre por la paridad, repletas de discriminación positiva y anticonstitucional, tirándole a la cabeza al Gobierno de España la ilegalidad de tales medidas y la incapacidad de atajar el ya largo –interesadamente largo por lo que quede del voto feminista-, nos sale con una rebajita de impuestos a la mujer trabajadora. Suena a chufa que simplemente se trate de igualar los salarios al puesto desempeñado y cualificación, indistintamente del sexo, y la medida sea muy otra: bajar impuestos. Así juntamos dos electoralismos en uno: la cuestión feminista y la eterna bajada de impuestos. También está decidido a solucionar él solito el problema de la educación. ¿Cómo? Derogando lo anterior y aprobando sus leyes propias, de modo que, repetimos el error una vez más: el sistema educativo seguirá en la perpetua discontinuidad cada cuatro años y no alcanzará una estabilidad desde la que ir reformando. Pero es que hay que quitar la EpC y ya pondremos otra cosa en su lugar. ¿Acaso piensan los políticos que cada año los escolares son totalmente nuevos? Los mismos que van pasando de curso en curso –con cada vez más asignaturas y más deficiencias- no tienen los mismos planes ni las mismas asignaturas ni los mismos criterios de cuatro en cuatro años. Piénsese qué galimatías no habrán vivido los alumnos –por poco que venga a importarles- desde que entrara en vigor L.O.G.S.E, luego querían hacer L.O.C.E y ahora tienen L.O.E. Y entremedias, venga a reformar mínimos y máximos.
Así nos fue, así es, y así nos irá. Una mirada al pasado, una mirada a la promesa presente... ¿qué confianza se puede tener? Más pinta tiene que Rajoy y Rodríguez Zapatero juntos destruirán el país, antes que juntos puedan salvar algún pedazo todavía. Yo confío en lo que escribí en su momento, esos poco más de doscientos textos –no todos hablan de política, que sería de enfermo si no- como me creo lo que escribo ahora. Ya saben, como en la yenka: izquierda, derecha, para delante, para detrás, un, dos, tres... haga lo que se haga uno termina en el mismo punto en el que empezó a bailar, aunque tenga la sensación de haberse movido una barbaridad y que el asunto ha estado muy agitado. Eso sí, a la yenka le encuentro su gracia...
Hec |
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