sofoclex's profileENDOXAMIENTOBlogListsGuestbook Tools Help
    July 22

    PAÑUELOS PELIGROSOS

    Se equivoca el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en esta su política de gestos gratuitos que cada vez más comprometen a España entera en sus relaciones exteriores, incluso allí donde ni pinchamos ni cortamos. Se deja fotografiar con un pañuelo palestino, al tiempo que el personaje de Simancas, en un arrebato contra Aguirre, se le calienta la boca y cabrea al Estado de Israel llamándoles genocidas. Moratinos sale en defensa de su "lider" Zapatero, para no tolerar que se le acuse de antisionismo, a la par de una manifestación convocada por el PSOE, con altos cargos de este partido, que, entre pañuelos palestinos y banderas republicanas, marchan por Madrid al grito de "Estado sionista, estado terrorista" -los mismos que no se alegraron demasiado de la caida de Sadam porque parecía dar razones a la incursión en Irak. Y si Israel es un estado terrorista, ¿qué son Hamas y Hezbolla? En este mundo alrevés, sigue siendo lógico que Otegui sea mensajero de la paz, ETA una formación política, EEUU una panda de vaqueros asesinos, Cuba un paraíso, Afghanistán un lugar de accidentes, Europa lo mejor que le puede occurrir a España menos cuando el mercado libre estropea los negocios internos del gobierno y un largo etcétera. Y como siempre, al final de un trayecto de cuatro días metiendo la pata en gestos tontos, pero que diplomatica y protocolariamente tienen honda importancia, termina apareciendo la vicepresidenta del gobierno, Fernández de la Vega, para recoger los platos rotos, limpiar trapos y manchas con una declaración oficial sobre la postura de España en tal o cual asunto.
     
    Y si bien puedo estar de acuerdo con esa declaración oficial, con lo que de ningún modo puedo comulgar es conque en esa misma postura se consideren anecdócticos los gestos que han dado lugar a la crisis diplomática, y aún menos si entre las anécdotas se cuenta la falta de cargo -y de asesoría-, la escasa y nula compostura del señor presidente. Menos mal que tiene a la vicepresidenta para lavarle la cara mojando el pañuelito en el vaso.
     
    Desde la oposición se pasan tres pueblos, aprovechando que esta vez, a pesar del señor José Blanco, no han tenido nada que ver, al disfrazar de antisemitismo lo que en verdad es una seria irresponsabilidad, que aunque no quita gravedad a lo sucedido, tampoco puede pretenderse agrandar el daño con acusaciones de ese calibre. En fin, que como siempre, con tal de tirarse cualquier trasto a la cabeza, nuestra clase política nacional y regional está dispuesta a hipotecar lo internacional por sus disputas caseras. Y es que, en España, seguimos yendo alrevés, y si de un buen político es el saber qué decir, cuándo decirlo y qué callar, los nuestros, sin saber qué decir, dicen lo que deberían callar, y el resto de las veces, callan lo que todos estamos esperando que nos digan.
     
    Hec
    July 14

    DON QUIJOTE Y LA VOLUNTAD DE QUERER

    Don Quijote, el caballero de la Triste Figura, es una pura voluntad de querer ser; mejor dicho es la ejecución de la voluntad del hidalgo Alonso Quijano en torno al embotamiento de los grandes caballeros andantes. Una voluntad que tiene que salir a escondidas, cuando no se la vea porque todos estén despistadamente dormidos, de la venta. Es una voluntad que afirma a la vuelta de su primera salida, después de sus primeras batallas en soledad, aquel: Yo sé quién soy y puedo ser. La misma voluntad que afirma de este modo su poder sobre el ser es la que quiso escapar de la realidad por la noche, bañada de ilusión enfermiza. Pero, ¿acaso podemos decir que logró, no ya su poder sobre el ser, sino meramente su salida inadvertida? Su fracasada vuelta delata que tal voluntad fue advertida y caminaba avisada. Al igual que el caballero repite insistentemente su un sólo caballero es quien os acomete, muy bien podría decirse que es una sola realidad la que acometéis y la que os derriba. Una realidad en la que el caballero busca, según su promesa, desfacer entuertos y que, muy al contrario, face más, tuerce más que endereza, ciego, con su mirada sólo puesta veladamente en la afirmación de su poder ser. La misma realidad que acomete, el mismo ser que quiere gobernar desde la voluntad, lo descabalga a golpes, aprovechando y devolviendo la misma fuerza y energía con que el desdichado arremete.
     
    Esta voluntad precisa de un compañero, un escudero en que es(x)cusarse de su ceguera, o ante quien justificarse su propia ilusión. Sancho juego más el papel de víctima, desde el momento en que accede a ser el excudero de Don Quijote a cambio de la promesa de gobierno de una ínsula. Véase sino en la escena en que su mujer Teresa, le replica y reprocha no saber qué sea una ínsula, y Sancho, ofendido, responde su yo sé lo que sé, versión quijotesca del sólo sé que no se nada, y sanchopancesca del quijotismo yo sé quién soy y puedo ser. Aquí habla la ignorancia. Caballero y escudero no son locura y cordura, sino voluntad e ignorancia, una pareja  perfecta de la naturaleza humana. Y curiosamente, esta vez no sólo la voluntad vuelve a salir a escondidas, la ignorancia le sigue en el rito.
     
    Ahora bien, no todo es una voluntad viciada, sino un hombre entrando en su cueva, el nacimiento de un sobrehombre. Esta voluntad, este caballero, tiene breves accesos de roce del ser, de entrada en su cueva: acaso cuando afirma a Sancho que las tales aventuras no son de ínsulas sino de encrucijadas, donde lo único que se saca es la cabeza rota. El hidalgo y el caballero están en una encrucijada, la voluntad empieza a encontrarse seducida y dócil al ser. Momentos como el mencionado, se contraponen brutalmente a episodios como el duelo con el vizcaino en que, en palabras de Cervantes, ambos amenazaban tierra, cielo y abismo... ¿qué otra cosa sino el ser son estas tres y más aún? El episodio del vizcaino, instante de toda la novela en que Don Quijote es más Don Quijote, en que es más voluntad que la voluntad del hidalgo y parece entonces personaje aparte del eterno olvidado Alonso Quijano, la realidad se ve amenazada por el ilusionismo, por la irrealidad. Y Cervantes, el otro gran olvidado de la novela aún cuando se hizo personaje de la misma, les mantiene una página con las espadas levantadas al aire, rostros desbocados y una furia desbordante. Es una voluntad en absoluto auge y apunto de reconocerse. La victoria sobre el vizcaino, en que la ignorancia (Sancho), no sabe otra cosa sino buscar el botín del triunfo -y a palos que lo muelen por ello- es el punto y a parte en que Don Quijote descubre la encrucijada y el perenne destino de salir mal parado. La orden de caballería empieza por entonces a trastocarse en la orden de la fe, de la pasión amorosa, la orden de la justicia se transforma en la orden de la unidad, la verdad y la igualdad. No es casualidad el discurso que reciben los cabreros sobre el amor, no tanto como unidad sino como igualdad. De hecho:
     
    de la caballería andante se puede decir lo mismo que del amor: que todas las cosas iguala.
     
    Síntoma de que empiezan a cambiar las cosas en nuestra traducción, es que Don Quijote dice esto a Sancho solicitando que coma a su lado como iguales. La voluntad y la ignorancia juntos y a la misma mesa por efecto del amor que iguala, y en su igualación nos muestra ante nosotros como aquellos seres en el mundo que no conocen amos y siervos:
     
    edades y siglos dichosos en que se vivía ignorando las palabras tuyo y mío, porque todas las cosas eran comunes a todos los hombres.
     
    Por esto, a partir de aquí, podemos muy bien diferenciar dos tipos de lectores: por un lado, los que no tomando nota de la importancia en lo acontecido, siguen leyendo con una sonrisa el resto de la novela, viendo un ridículo y absurdo caballero andante, un delirio de un hidalgo enloquecido; por otro, quienes se han dado cuenta que el caballero lo es ahora de la fe y el amor, y el nombre de Dulcinea, que es como llamar a gritos a la realidad, se repiten y redoblan sus apariciones. Nos cambian al caballero y ni la mitrad se han dado cuenta, quizás entretenidos en Sancho, para cuyo despertar aún hay que esperar. Por esa espera, creyendo que los dos protagonistas son simétricos, y que si uno cambia el otro ha de hacerlo también al mismo tiempo, cuando llega el cambio de Sancho, cuando la ignorancia empieza a reconocerse, advierten que Don Quijote ha cambiado y mucho; ¿cómo no va a ser así, si lleva más de media novela por delante del lector simétrico? Porque lo de Don Quijote no es simetría, ni cumple con la geometría o aritmética más elemental, es la más palpable asimetría humana: el hombre que escapa de ser medida de todas las cosas, ilusión en la que sólo existe un mundo humano, o simétricamente humano. Tal simetría se rompe en mil pedazos cuando el ser-en-el-mundo parte su vara humana de medir y toda medición inútil.
     
    La voluntad de poder ha pasado a la voluntad de querer, como voluntad seducida. Don Quijote acaba de cerrar todos los libros de caballerías para abrir el suyo propio; y así, más que un Alonso Quijano que se vuelve loco y se transforma en Don Quijote, lo narrado es un Don Quijote que, poco a poco se transforma en Alonso el Bueno. La dirección de la historia no es desde el hidalgo hacia el caballero, sino que vuelve del caballero al hidalgo. De este modo, cuando comienza la novela, a Alonso Quijano ya se le había secado el seso, y, por el contrario, cuando muere al final, el que fallece con toda entereza, es Alonso Quijano, nuestro caballero de la fe.
     
    El lector que en todo momento ve simplemente un loco, un caballero andante que le mueve a risa y toma toda la novela en el aire de comicidad es aquel que ríe por no reconocer que le están poniendo las vergüenzas, las suyas y de todo hombre ante los ojos y se las están tirando a la cara. Ese lector se ríe de sí mismo sin saberlo, creyendo que ríe  las torpezas de otro, y aún más cuando cree que ese otro es un personaje de ficción. Por eso, a este mismo lector le sorprende oir al moribundo:
     
    Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros de hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo: fuí Don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.
     
    Contrasta este fuí y soy con aquel sé quién soy y puedo ser. Y por la misma razón que diga yo que la entrega de su espíritu, su muerte, es la cuarta salida de un caballero reconvertido en hidalgo, conocedor de su límite, de su realidad, como para morir sosegadamente en su lecho, hehco su testamento y habiendo recibido la unción en plena consciencia. Tal sosiego en tal trance es propio de quien ha sido seducido por el ser y se ha reconocido en su condición de ser vuelto existencia. El campanazo de la muerte es el último suspiro del sobrehombre. Ciertamente, frente a muchos que lo aseguran, Don Quijote nunca muere, se va vencido por la condición de la exisntencia, con la voluntad que lo trajo al mundo a recibir golpes. En este sentido el nacimiento del sobrehombre, del que sabe tenerse y estar en sí mismo, sobre sí mismo o traerse entre manos, es un completo martirio de dolor por ilusión. Don Quijote puede ser contemplado a la luz del regreso, de la continua vuelta a la venta, lejos del campo manchego, para ser Alonso el Bueno en aquella y no el caballero loco de este. En la venta se descansa la lucha con la realidad, se depone la voluntad y se muere. En el campo Manchego se libra la batalla de la voluntad ciega.
     
    Sin embargo nos han acostumbrado a leer el Quijote tomando al loco por un protagonista que termina incluso elevado al rango de héroe. Bueno, nos han acostumbrado o, mejor dicho, es la tendencia natural que los pocos que lo leen, lo lean así, y a los demás se lo cuentan aquellos. Realmente no es costumbre, es vaguería y ceguera. ¿Qué va a encontrar un hombre viciado sino el loco convertido en héroe, un progreso, una moraleja? ¿Quién realmente percibe que están leyendo  la obra del revés, que no hay locura, que un sólo hidalgo es el que les acomete y no un caballero enajenado? Insistiré siempre en ello: Cervantes ocultó a los ojos impuros al verdadero protagonista y la dirección del texto; como ya he dicho, es una novela empezada en que, de haber una ida, esta no no sha sido relatada sino sintetizada en aquellas y famosas primeras líneas. Sólo hay un regreso, un volver hacie el protagonista Alonso Quijano, el de la voluntad, o al Sancho Panza de la ignorancia. En definitiva, el hombre.
     
    ¿Qué es de Sancho Pnaza? Porque si nos han acostunmbrado a creer que Don Quijote es lo principal junto a su locura heróica, olvidando a Alonso, no es menos elolvido de Sancho Panza, que nos lo han convertido en personaje secundario, en mera compañía, en atrezzo de la novela. ¡Secundario! Mientras que nadie creería que la novela sin este secundario fuera la misma. ¡Secundario! gritaría Sancho desconsolado. Será que no se recuerda el ansia de Sancho al comienzo de la segunda parte por saber si le citan en la primera. Será que se olvidan de sus alforjas y los palos que recibe en lugar del caballero. Será que no perciben que la voluntad no cabalga sola, o que la ignorancia no puede quedarse en casa diciendo el yo sé lo que sé.
     
    Hec
    July 03

    RAGNARÖK, O EL DESTINO DE LOS DIOSES (NOTAS SOBRE "EL MUÉRDAGO" DE PAJÓN LEYRA)

    La primera pieza dramática de Ignacio Pajón Leyra tras su declaración de intenciones en la Fenomenología de la Incertidumbre, nos coloca como público de un destino condenatorio. Sería más sencillo adjudicarle una intención anti-belicista o la proclama de renovación en los proyectos éticos. Sin embargo, el alcance de El Muérdago está muy por encima del mero replanteamiento de los valores de la cultura occidental o de un juicio categórico del hoy. Es más, esas lecturas que, como patrón de corte para la crítica, sirven a cualquier obra, por pésima que sea, de mascarada, no pueden hacerse con sensatez sobre la obra que nos traemos entre manos. Mientras que algunos han tomado como relevante la renovación y regeneración de la vida, precisamente lo que la obra deja en el aire, sin embargo es la cuestión del “destino” la que desde el principio y hasta el final se desarrolla. No se puede ignorar la insistencia del autor en la entrada de la noche, de algún timbre de reloj lejano, el Walhala decrépito, envejecido, mohoso y estancado. Son las palabras de Tyr, al comienzo de la obra, las que delatan estos dos planos: por un lado, sobre la cuestión del “destino” y la introducción del tiempo en un Walhala de existencia eterna:

     

    Ni un gramo de vida hay entre estos muros. Placer sí, pero no vida, porque nos creímos superiores a la vida. Por eso estamos siempre rodeados por las almas de los muertos en combate: porque no hay vida. Ni tampoco libertad, ni pensamiento, ni juventud, ni creación, ni origen.

                   ¡Origen! Origen es lo que todo Asgard necesita: un origen nuevo (…)

    Llegó nuestra decadencia. Ahora hay otros que también tratan de llamar nuestra atención pero no los escuchamos. Dicen que incluso Odín tiene las horas contadas. Que todo nuestro sistema y nuestro mundo tendrá su fin. Y pronuncian esa palabra que más parece un graznido de cuervo: Ragnarök.

     

    Por otro lado, lo que ha de venir tras el cumplimiento del destino:

     

    Si es verdad lo que dicen, habría que pensar en construir ya lo que vendrá después para que cuando todo caiga no nos encontremos sin nada y no sucumbamos con ese todo que desaparece.

     

    Lo último solo es anunciado en la obra, que sobretodo trabaja en ese tener las horas contadas un dios como Odín y un mundo de eternidad como el del Walhala. Un rey que, sobre el tablero de ajedrez ante el que comienza la obra, ha de caer en tres movimientos, sólo que tarda en caer: el de Odín frente a la cabeza de Mymir. La obra tiene como eje el Ragnarök[1], del que sólo nos cuenta el preludio, las artimañas de Loki para con el heredero de Odín, Baldr. El resto, contenido en las profecías y la batalla final que llevará al fin de los dioses, está ya escrito desde el momento del juramento en el banquete. Podríamos decir que si ya está escrito y fijado el destino, tal como sentencian las Nornas –Parcas-, no hacía falta que Pajón Leyra lo escribiera. Sólo el preludio no parece estar escrito. Sólo en él parece haber opciones, aunque sean inalcanzables cuando sólo las ve la cabeza de gigante Mymir que ni siquiera puede cambiar un mueble de sitio:

     

    Los acontecimientos del mundo son demasiado rápidos y toman un mail cariz, y mi capacidad de intervención en ellos se limita a unas advertencias que no encuentran oídos que las escuchen. Esto, que ha sido durante años lo que me garantizó la vida, me tortura hoy como nunca antes. Parece que en este mundo de sinrazón el precio de llegar a entenderlo es no poder ayudar a arreglarlo.

     

    Que la obra sólo nos muestre el preludio no es cuestión de Pajón Leyra, sino asunto de las Parcas. A partir de aquí, contemplamos ese destino de los dioses como algo funesto y fatal, que rechaza todo el Walhala y que sólo Mymir, y acaso Baldr, asumen dentro de sí como una incertidumbre. Así conversa Baldr con su madre Frigg:

     

    Algo hay que quiero no deber, y debo, y algo que debo no querer y quiero. Y al final ya no sé qué es lo debido.

     

    Y le cuenta su sueño funesto en que las Nornas le hablaban. El sueño de Baldr que comienza con un paso firme sobre las montañas, pasa por la inseguridad, por la indecisión hasta la caída junto a las Nornas. Lo que Baldr está narrando en esta conversación con su madre es el deber ser de un destino que él no quiere, pero que las Nornas, con su rueca, le advierten. Un destino que va a ser, pues como sentencia una de ellas, en el segundo acto:

     

    Lo que tiene que ser no necesita ser invitado para acabar siendo.

     

    Las Nornas son las no invitadas a esa anochecida, a ese crepúsculo de los dioses, a ese acabarse, envejecer y decrepitar de una existencia que, siendo eterna, ya sólo sabe vivir en un pasado de anécdotas bélicas:

     

    El resto de los dioses sólo sabe contar una y otra vez las mismas anécdotas vacías y las historias de batallas que ya conocemos. Sus palabras son mohosas y estancadas, nos duermen y paralizan nuestras imaginaciones.

     

    Dice Vali a Baldr en el primer acto. Y en el segundo, Heimdalr suelta un “al menos”, un suspiro en la monotonía, un consuelo dentro de la decadencia eterna:

     

    Al menos sirven para romper la monotonía de esta existencia eterna.

     

    Pero cae la condena de Loki en el segundo acto, hablando de vino y comida, del placer que hay en el Walhala, como sustituto de la vida según decía Tyr al comienzo:

     

    Todas las existencias terminan por acabarse tarde o temprano.

     

    Todas las existencias, todas ellas, incluso las eternas existencias sumidas en la monotonía de la sola posibilidad anecdótica del pasado anquilosado, estancado, envejecedor. ¡Ragnarök!, gritaríamos. Un crepúsculo, sin embargo, que es traído con la imagen de la noche y el cuervo que anuncian el fin:

     

    La noche se ha vuelto oscura en Asgard. No hay viento. Se oye lejano el graznido de un cuervo.

     

    Las últimas palabras de Baldr y las condenas de Hödr, el ciego que ve en los dominios de Hel, ya en el acto tercero, vuelven a traer el tiempo como yugo, como fin, como acabar y terminar de todas las existencias. Dice Baldr:

     

    No necesito poder, padre. Necesito tiempo. Tiempo para lograr lo que quiero. Y al menos aquí tiempo me va a sobrar.

     

    Y Hödr primero exhorta a todo el Walhala:

     

    Habéis sido un laste para la historia, y ahora vais a desaparecer. Sucumbiréis a vuestra propia avaricia. Vuestro exceso será al tiempo delito, sentencia y pena. Es tarde. No os queda tiempo.

     

    Es tarde, no os queda tiempo. ¿Puede hacérsele tarde a un dios? ¿Puede no quedarle tiempo? ¿Puede ser un lastre para una historia que no conoce, que no construye, una historia anecdótica y anquilosada? Y después la condena de Odín, cuando cae el rey de la partida de ajedrez que Mymir jugaba al comienzo con el dios, un final de partida que se anunciaba en tres movimientos; y en tres actos sucede el crepúsculo de los dioses del Walhala:

     

    Para algunos ya es tarde. Sobre todo para ti. Tú ya no eres nada. Ya no tienes ni nombre. ¡Tiembla! ¡Tiembla! El final de tu tiranía está tocando. Ya ha nacido el gallo que cantará el amanecer de tu ocaso (…) Ya lo veo claro. Ya conozco tu destino. Ya nadie tendrá miedo de desafiar tu poder. Todo llega a su fin. El ciclo se cierra. ¡Deja paso a un mundo sin ti! ¡Tiembla! ¡Tiembla! ¡Tiembla! ¡Ragnarök!

     

    Se romperá la monotonía de una existencia eterna, se acabará lo anecdótico. El Walhala, que durante toda la obra está sujeto al tedio de la inmortalidad, de lo no contenido en el tiempo, del sin principio y sin fin, cede, no por fuera, sino por dentro. Así sentencia Thor al Walhala:

     

    Los dioses no parecen sentir el paso de los años y el palacio aparenta estar recién construido. Cuanto a lo largo del día se desgaste o se desluce, aparece renovado al pasar la noche. De este modo el Walhala se mantiene siempre en pie y los dioses confían en su inmortalidad. Pero tanto el uno como los otros envejecen por dentro.

     

    Lo inmortal no se libra de envejecer por dentro, de corromperse. Lo que en el día se desluce, en la noche se renueva. Pero renovar no quiere decir que vuelva a ser lo que antes de deslucir; la re-novación no tiene porque significar perpetuar lo mismo. Puede conllevar el cambio, el suceder, el durar… un descanso eterno, el comienzo que un cuervo anuncia y el final que cantará un gallo tras otro, uno a los dioses, otro a los gigantes y un tercero a los muertos de Hel.

     

    Insisto, entonces, en el marcado sentido de preludio que la obra de Pajón Leyra muestra. Preludio de un cambio, sí, de una renovación y una regeneración, sí. Pero no podemos confundir el preludio con el cambio que vaticina. Una cosa es que nazca el gallo que cantará el amanecer del ocaso, que anunciará el cambio, y otra cosa es que el gallo cante. Pajón Leyra nos habla del nacimiento de ese gallo, no de su canto. No canta, preludia el canto. El autor no puede obligar al gallo a que cante ni decirle cómo o cuándo ha de hacerlo. Ese canto, al fin y al cabo anunciado, sigue siendo inesperado y desconocido. Sólo que ahora también alcanza a los dioses y su hogar. El tiempo hace mella en la eternidad, vuelve todo mortal, con principio y fin, destinado a acabar. La rueca del tiempo gira ahora también para el Walhala y sus habitantes, y no sólo para las almas de los no muertos, del público que contempla la obra.

     

    Un nuevo Origen, exigía Tyr en su monólogo, al comienzo de la obra. Y qué mejor origen para las existencias eternas que el que el tiempo les depare. Qué mejor que tomar de aquello que a los muertos sobra: tiempo. Hay que empezar a invitar a nuestras celebraciones a las Parcas, aunque vengan sin necesidad de ser invitadas; pues es en una celebración donde se decide todo el destino.

     
    Hec

    [1] En adelante Ragnarök será traducido por “destino” y por “crepúsculo” indistintamente, al tener en ambos la nota temporal que pretendo resaltar. Ha de saberse, sin embargo, que hay una transforamción de rök (sino o destino) en rokkr (crepúsculo) a partir del siglo XIII entre los poeta nórdicos, que después sería popularizado en las artes germanas que acudieron a los mitos.