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    August 27

    PERELMAN, GRASS Y EL PLANETA PERDIDO

    Tres son los nombres propios de las últimas polémicas culturales: el matemático Grigori Perelman, el escritor Günter Grass y el hasta ahora planeta Plutón. El primero por rechazar el premio Fields, máximo en las matemáticas; el segundo por aceptar el Nobel de 1999 habiendo silenciado un pasado que no gusta a los bienpensantes; y el tercero, por cuestiones de tamaño. Siempre tiene algo de imagen rebelde e inconformista andar rechazando los importantes galardones que la humanidad va repartiendo, siempre es un seguro de admiración y valentía, como un "yo no soy de este mundo". Ya otros lo hicieron así sin que hayan perdido su lugar en la enciclopedia humana de los genios, e incluso logrando que su gesto cuente como mérito extravagante. Termina luciendo más un desplante que el seguir la corriente, o al menos da más de que hablar. Ya lo sabía Sartre, tan poco merecedor de este premio como de cualquier otro. Sin embargo, no les culpo por ello, pues acaso siempre es vergonzoso aceptar presentes de aquellos a quienes poco se importa, y apenas saben porque lo entregan. Y recorrer ese pasillo hasta el escenario, huele, como en muchos matrimonios, a pura falsedad ritualista, a simple capricho cultural, a "cosa social" de fracs, aplausos y copichuela. En las bodas sólo los novios y sus padres, y a veces ni estos, toman en serio la ceremonia; los demás vamos, conste que me incluyo, a lo que llamamos "bodorrio". En los premios, tres cuartos de lo mismo. Poco importaban Perelman y Poincaré al caso, y muestra de ello es el revuelo de su gesto, como si en un enlace la novia dejara plantado al novio, o al contrario, en el altar. Lo único que ignoro es si Perelman hubiera podido rechazar el premio antes de su anuncio, para evitar el escándalo. Porque conocido es que el anuncio se hace una vez que los contrayentes están enterados, en la gran mayoría de casos. Es tentador, sin embargo, dejar al premio, plantado en el escenario.
     
    El caso de Günter Grass es justo el contrario. Después de aceptar y recoger el premio Nobel de Literatura en 1999, su cofensión de haber pertenecido a las Waffe-SS en una autobiografía removió las tripas de todos aquellos que, tomándose por inocentes bienpensantes, creen que pueden arrojar la primera piedra, libres de toda culpa moral. Y esto, que supone irnos a más de sesenta años atrás, niega ya cualquier respeto a lo hecho posteriormente, incluso para el propio Grass que, como un méndigo, anda pidiendo perdón por ello y por su silencio diciendo aquello de no tengo derecho a lo que ha significado mi obra. No han sido pocas las voces que pedían se le retirara el premio, ni ha hecho Grass mucho por defender su propia dignidad, agachando la cabeza y esperando el fusilamiento de las limpias conciencias de nuestro tiempo. Un tiempo, quepa decirlo, que abochorna con la ligereza con que emplea los términos del nazismo y el fascismo como reproche e insulto moral casi a cualquier acción, sin reparar en la exageración y ridículo en que se cae al hacerlo. Quizás por ello, Grass sabe perfectamente que no puede malentonarse con esta civilización, puesto que no habría entonces dios que lo salvase de la quema inquisitorio-cultural. Habría que retirarle el premio, sí, pero no por su silencio ni por el pasado que este calla, sino por dejarse conducir tan fácilmente al matadero de las conciencias y al paredón ético de nuestra época, erigida como criterio absoluto para el juicio del pasado, colectivo e individual. También corre la sospecha de que sea maniobra editorial por la que Grass no se defienda y entone el mea culpa, dado que no tendría tan buena imagen si respondiera beligerante a los reproches. El victimismo que case con las conciencias actuales puede servir tanto como el rechazar premios, desde luego.
     
    Entre Grass y Perelman, es decir, entre Poincaré y su conjetura (1904) y el nazismo de Grass (¿1942?), el que fuera planeta desde 1930 ahora es degradado a "planeta enano" en la nueva formulación del término planeta, todo por coincidir en la órbita de su vecino y hermano mitológico Neptuno. No deja de ser curioso que el dios del inframundo, el de los muertos, sea degradado por los vivos que, mirando al cielo, han ido poniendo nombre divino a los objetos celestes. ¿Es simplemente el nombre de un planeta el que estaba en juego? Al hombre fue entregada la misión de nombrar todo lo de aquí "abajo", pero desde que a la luz de los faroles se perdió lo divino, nombramos y rebajamos también a todo lo de "arriba", aún cuando se trate de Plutón y el reino que ni está arriba, ni tampoco abajo. Aunque para mi generación Plutón siga siendo tan planeta como los ocho restantes, y aunque para las siguientes no lo sea tan magnificamente, aquel seguirá retumbando en la existencia humana como el guardián de lo que nos está por llegar. A Plutón no le importa tanto la enciclopedia en que estarán los nombres de Günter Grass y de Grigori Perelman.
     
    Hec
    August 16

    ANTONIO MACHADO, RAMÓN IRIGOYEN Y LA DGT

    Vivir para ver, que suele decirse. Cuando uno cree que ha visto y oído, incluso olfateado todo lo habido y por haber, y sobretodo lo que está habiendo, enciende la radio y se topa con un anuncio que comienza recitando los conocidos versos de Antonio Machado del caminate, el camino y las estelas en el mar, para terminar con una voz que habla de la carretera, que la velocidad mata y rúbrica de la Dirección General de Tráfico. La bofetada que recibe ese uno que lo escuha y creía haber escuchado ya todas las majaderías posibles, es de órdago. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Será que los versos en realidad decían "conductor no hay carretera, se hace carretera al circular"; o "conductor, no hay carretera, sino baches  nada más" -porque nos entretenemos en asustar conductores, perseguirlos y en hacer autopistas de peaje para "escapar del gran atasco" en lugar de arreglar las carreteras nacionales, secundarias o no, y solucionar eso del "gran atasco" sin tener que soltar la moneda de turno-... y así podríamos seguir, enlazando desvarío tras desvarío sin importar las sandeces que se reparten por el mundo, ni los retorcimientos gratuitos, triviales e infatiles a que sometemos versos como aquellos. Total, ¡la vida sigue! excepto para el conductor, digo... perdón, el caminante, que se la dejó en la carretera... esto, perdón nuevamente, en el camino. Ahora, de pronto, la Dirección General de Tráfico -más conocida como DGT, siglas que no quiero retorcer yo aunque muy fácil sería-, después de andar metiendo el miedo en el cuerpo con luminosos mientras se circula en que recuerdan que puedes morir, y andan contando y comparando macabramente el número de muertos entre años y por meses y fines de semana, sin perder de vista los morbosos y desagradables -realistamente impactantes, según ellos, para concienciar de mejor manera al ciudadano- anuncios televisivos, ahora digo, se nos han vuelto metafísicos, y el asunto de conducir es cuetión existencial junto al de dónde venimos y al dónde vamos. Quizás en los luminosos de las carreteras nos escriban poemas y citas filosóficas. A este ritmo, quién sabe con que nos sorprenderan.
     
    Y si éste despropósito no era suficiente, desde luego se queda corto frente a las insensateces que unos meses antes, por mayo, en el Ideal Digital derrocha en su artículo de opinión La velocidad mata, Ramón Irigoyen. No es insensatez hacer lo posible desde los medios de comunicación porque la gente levante el pie del acelerador, tengan cuidado con el alcohol y demás. Lo es, sin embargo, meter de por medio a Machado nuevamente con su "palabra en el tiempo" y su Juan de Mairena -aún cuando el mismo autor reconoce que nada tiene que ver ni viene al caso- y, lo que todavía menos me podía esperar, también a Spinoza y sus problemas con la Sinagoga, dos siglos antes que Machado. Si lo de Machado no tenía que ver, lo de Spinoza es ceguera absoluta. Aunque, la verdad sea dicha, de Ramón Irigoyen puede esperarse cualquier cosa dentro de un variadisimo repertorio, siendo el mismo que, en entrevista a elmundo.es de 2001comparaba sin remordimiento ninguno el Seminario de Pamplona por el que pasó entre los 12 y los 17 años y Auschwitz, o también que para acercarse a la filosofía lo mejor es empezar con obras sencillas de leer como "muchas obras" de Platón, Schopenhauer, Nietzsche o Russell. Lo que no dice es qué obras; y, con sinceridad, después de haber pasado seis años en la facultad de Filosofía y Letras, no se me ocurre de esos autores qué considerar sencillo. A decir verdad, Schopenhauer y Russell tienen alguna cosa escrita que más parece las escribieron en un momento de aburrimiento que con alguna seriedad, y por tanto poca ayuda prestan al iniciado filosófico, como El arte de tener razón, El arte de insultar y aquel breve texto Sobre las mujeres, y en Russell La conquista de la felicidad, Por qué no soy cristiano o los Ensayos impopulares. No creo que se esté refiriendo, con Schopenhauer, a El mundo como voluntad y representación o Parerga y Paralipomena -por decir alguno- y con Russell a Principia Mathemática, Los fundamentos de la geometría o Introducción a la filosofía matemática -por citar alguno también. Tampoco sé si Irigoyen cree que Así habló Zarathustra o El Nacimiento de la tragedia son libros para pasar un rato entretenido, aunque probablemente se refiera, no a todos desde luego, sino a aforismos salteados de La gaya ciencia, de Aurora o del Crepúsculo de los ídolos. De Platón ignoro que denomina "muchas obras", acaso muchos textos compilados bajo el mismo título de Diálogos a los que, desde luego, yo no identificaría con aquello de "sencillos de leer". Hombre, de leer sí, para aquel que leer sea pasar páginas -incipit tragoedia. Y como para Machado, lo nuestro es pasar, pues en fin, hagamos caso y pasemos, que la vida sigue y no hay tiempo que perder con las nueve cabezas que embisten, sino tratar de ser la que piensa -Antonio Machado dixit.
     
    Hec
    August 04

    DICTADURAS Y REVOLUCIONES

    A riesgo de que se me siga tachando y asociando a los derechismos políticos -y toda esa espiral de ortodoxia bienpensadora y moral que santifica a las izquierdas políticas, ya democráticas ya totalitarias, y demoniza todo lo demás poniéndolo junto y al mismo nivel del Nazismo-, es preciso una vez más remarcar aquí las demagogias que podrían llegar a sostener que el castrismo de Cuba no es condenable porque es revolución, alejándolo del resto de totalitarismos y dictaduras militares. Cierto es que Fidel Castro llevó a Cuba contra una dictadura como la de Baptista; tan cierto como que terminó sustituyendo una dictadura por otra, la suya propia. Pero siempre ha sido muy romántico hablar de revolución, palabra que el régimen castrista tiene ya como dogma de fe y emplea para mantener, y haber mantenido, durante más de cuarenta años, a los cubanos bajo su bota militar. Y aún hay gente que, por medio de la intoxicación romántico-revolucionaria, es capaz de justificar, aplaudir y sonreir a lo que no es más que una dictadura perfectamente asentada desde hace mucho tiempo, con sus fusilados, su policía política, sus exiliados, sus presos políticos, secuestro de información, uso del ejército... lo mismo que se ha condenado y se condenará desde quien tenga dos dedos de frente para toda dictadura y autoritarismo político-militar. Estas posturas, que se jactan de una lucha por la libertad y contra las dictaduras, simplemente sustituyen este último término por el de revolución, guiño ideológico, para no tener que rechazar y condenar a Fidel Castro. También cierran los ojos a los efectos del comunismo dictatorial, relación cuando menos redundante, dentro de Cuba para poderlo defender de puertas afuera como el bello ideal de lucha conta el imperialismo capitalista de Estados Unidos. Haciendo esta segunda lectura, Fidel Castro deja de ser un dictador para ser un revolucionario anti-imperialista y anti-capitalista, víctima de los desmanes Norteamericanos. Es decir, la culpa de lo que se vive en Cuba es de Estados Unidos, no de la dictadura de Fidel Castro.
     
    Y estas lecturas de los antedichos bienpensadores morales, sin embargo, sólo son aplicables desde el momento en que se quiere ver una revolución donde hay dictadura con telarañas y sólo un asiento de poder absoluto: el de Fidel Castro; o una sucesión familiar en el poder que posterga el régimen, en lugar de una transición y reparto del mismo.  Por ejemplo, en España, la culpa no era de Estados Unidos ni de Europa, quienes cerraron las puertas a España cuando en está se bregaba bajo el sol franquista, sino del dictador Francisco Franco. En España no entró ayuda alguna del Plan Marshall y el cierre de fronteras del resto de países fue total para no dar ningún balón de oxígeno a la dictadura. Ahora bien, siguiendo esa línea lógica, lo mismo sería aplicable a Cuba y Castro. Pero no; de pronto el horizonte se llena de matices que terminan por andarse con tibiezas respecto de un dictador. Y mientras en España las izquierdas andan removiendo el pasado para seguir matando a Franco y se piden condenas del franquismo en Europa, no se pide ni un cuarto de mitad de la misma condena para el castrismo.
     
    Seguiré sin entender cuál es la diferencia entre dictadores, a menos que quiera pensar que se viven tiempos de bonanza en que estas cuestiones son pasatiempo y juegos ideológicos. Sólo así, sin conocer ni haber conocido las consecuencias de las dictaduras, puede darse la mano uno con el castrismo, franquismo y demás.
     
    Hec