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May 19 EL ABORTO ARISTOTELICO DE AIDOLos argumentos pro-abortistas se introducen en una suerte metafísica que ni el mismo Aristóteles podría desgranar. Verán, yo estudié Filosofía y Letras y tuve la fortuna o desventura de leerme ese enorme tratado de Metafísica aristotélica, que, por cierto, recibió su nombre de casualidad. Lo explicaré un poco burdamente, sin salirme de un nivel de bachillerato. Aristóteles se ocupó del llamado problema del movimiento, es decir, de intentar dar explicación sobre el cambio y las substancias que permanecen. Él dijo que el movimiento era “actualización de potencias”, es decir, de hacerse actual lo que algo puede llegar a ser, y que había dos tipos de cambios: el accidental, que es como si yo me cambio de camisa, donde dicho cambio no transforma la substancia que soy; el substancial, donde no son los atributos que llevan encima las substancias, sino la substancia misma la que cambia. De esto último, por ejemplo, la semilla que es actualmente semilla, es potencialmente o puede llegar a ser árbol. El cambio substancial o movimiento supone la actualización de esa potencialidad. Pero Aristóteles se encontró con un serio problema cuando se le preguntó en qué momento, exactamente, la semilla deja de ser semilla y empieza a ser árbol, cuándo ocurre ese prodigio metafísico en el que algo cambia su naturaleza. La única respuesta posible para el estagirita era: la semilla siempre fue árbol, aunque en potencia. Lo cual, dicho sea de paso, no aclaraba nada las cosas.
Hoy escucho a Bibiana Aído, flamante Ministra, echando mano, sin saber, de este problema metafísico: un feto de trece semanas no es un ser humano. Y la pregunta es obvia, tal y como se la hicimos a Aristóteles: ¿cuándo ocurre el milagro y prodigio de convertirse en un ser humano? Si empieza por no serlo, ¿en qué momento lo es y cómo se produce ese milagro? El problema es que Aído, que probablemente no haya leído a Aristóteles, jamás haya pensado en eso del paso de la potencia al acto. Sin embargo, con su afirmación categórica, se ha metido de lleno en la cuestión al negarle el ser humano, al atribuirle un no ser relativo, al feto. Peor aún cuando justifica que lo contrario no está probado por la ciencia y, el argumento científico, con todo su batallón de probetas y aparatitos, en realidad, lo decide a partir del parecido físico. Ni el cigoto, ni el blastocito, ni el embrión, ni el feto, en su comienzo, se parecen a lo que conocemos como ser humano, y por tanto no lo es. No se les distinguen los bracitos y las piernitas, porque en cuanto se nos parezca a algo humano, nos da repelús matarlo -que me recuerda mucho a una amiga alemana que decía que ella no comía nada con ojos porque la miraban.
Lejos de religiones, incluso de Aristóteles si se prefiere, son los pro-abortistas quienes están estableciendo y variando, sobre las etapas del proceso de la formación de vida humana, otras etapas morales a partir de las cuales podemos acabar el proceso o dejarlo continuar. Serán, pues, ellos, los que deban fundamentar en algo más que el “si tiene mis ojos”, esas fechas que sientan con tanto dogmatismo metafísico o responder a la pregunta: si procede de células vivas, y es algo vivo, que también procede de seres humanos, ¿por qué no es un ser humano? ¿Acaso hasta que no le podamos poner un pañal, o vaya en un carrito, o no le veamos ir con mochila a una escuela, o no tenga la edad legal de raciocinio? ¿Quizás lo será cuando nos lo diga Aído? Lo que se quiere es seguir pensando que lo que matamos es un bichito, un insecto, algo animal y no humano, o vegetal, como arrancamos las florecillas del campo, para curarse en salud ética. O, si ni siquiera se quiere pensar que es algo vivo, no ya humano, entonces lo veremos como la extirpación de un apéndice, como un mero trozo de carne que pertenece a nuestro cuerpo y, por extensión, es de nuestra propiedad.
Contemplar los supuestos de peligro vital entre madre e hijo, la no viabilidad de la nueva vida, o el supuesto de violación, nunca lo he discutido. Pero, abrir la veda para quitarse un problema de encima en un descuido, un accidente, que nos pueda estropear la complaciente vida que llevamos, es una doble irresponsabilidad. Ampliarlo a las menores de edad, por ley, y permitirlo sin consentimiento de sus padres, es, simplemente, absurdo en nuestra sociedad, desentendiéndonos, una vez más, de la educación.
Sorprende, también, que nuestra sociedad haga siempre co-responsable al padre –que estoy de acuerdo- pero esta decisión en concreto se convierta en exclusividad de la madre, que aquél tiene que asumir. Según se mire, es y no es su hijo, o mejor dicho, es y no es co-responsable de esa vida. A él no le es dado abortar a su modo –se le crucifica en todo caso-, sino sólo apechugar con lo que decida la pareja y las consecuencias.
Sabemos cuándo acaba la vida, al margen de vidas ultraterrenas e incorpóreas en paraísos divinos y edenes bíblicos –conste que también se quiere legislar por aquí cuándo una vida humana ha dejado de ser digna. Y, pese a todos estos jeribeques intelectuales, sabemos cuándo empieza, y hasta la postura ideal. Todo lo demás son debates, no sobre la vida y la muerte, no sobre cuestiones religiosas, sino sobre cómo hacernos más fácil nuestra vida social acallando la conciencia y dando de lado a la Madre Naturaleza. Somos los únicos animales que queremos vivir sin cumplir sus leyes.
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